
El desastre de Chernobyl es considerado uno de los peores accidentes nucleares en la historia mundial.
Ocurrió el 26 de abril de 1986 durante el período de la guerra fría, en la planta nuclear Lenin ubicada en Chernobyl, a tan solo tres kilómetros de la ciudad de Pripyat, en la antigua Unión Soviética URSS en el territorio que hoy es Ucrania.
Durante una prueba de seguridad donde se simulaba un corte de energía eléctrica, en el reactor número 4 de la planta, ocurrió una serie de errores humanos y fallas técnicas que resultaron en una explosión catastrófica. La explosión liberó grandes cantidades de material radioactivo en el aire, contaminando vastas áreas de Ucrania, Bielorrusia y Rusia, y también alcanzando partes de Europa. En el principio la URSS pretendió mantener en secreto semejante suceso pero fue descubierto debido a mediciones y lluvia con grandes cargas de radiactividad que se desplegaron en varios países de Europa y Asia. A partir de allí, se desplegaron enormes esfuerzos de la comunidad mundial para contener la radiación y evacuar a los residentes de las áreas afectadas.
Se construyó un sarcófago de concreto sobre el reactor dañado para contener la fuga de radiación. El desastre tuvo consecuencias devastadoras para la salud y el medio ambiente. Se estima que decenas de miles de personas murieron como resultado directo o indirecto de la radiación, y se produjeron numerosos casos de enfermedades relacionadas con la radiación, como cáncer y enfermedades tiroideas. Además, se desalojaron permanentemente miles de kilómetros cuadrados de tierra, convirtiendo la zona afectada en una «zona muerta» donde la vida humana no puede sostenerse fácilmente. El desastre de Chernobyl tuvo un impacto duradero en la percepción pública de la energía nuclear y en la regulación de la seguridad nuclear en todo el mundo. Fue un recordatorio sombrío de los peligros asociados con la energía nuclear y la importancia de la seguridad en la gestión de plantas nucleares.


